lunes, 2 de febrero de 2015

LADO B DE UNA UTOPILA, Diego Alejandro Garzón, jueves 5 de marzo al 14 de abril de 2015

Extraído del sitio web del artista: Una “utopila” es la suma de dos palabras, la utopía y la pila. La primera palabra como un lugar que no existe, al menos en una de las muchas realidades posibles. Pila es una batería, que le da la energía o la capacidad de imaginar una situación imposible. Como dice el cineasta argentino Fernando Birri "utopía está en el horizonte. Si usted camina dos pasos ella se aleja dos pasos. Así que … entonces para que sirven? Para eso, sirven para caminar, para avanzar ". Los utopilas también sirven para dar testimonio por la vida a veces acciones infructuosas, pero la necesidad de seguir creyendo. Permite reflejar algunos aspectos autobiográficos, sueños y temores también. Es una serie que explora diversos formatos tales como la instalación, el vídeo y las acciones en el espacio público.





















Ensayo crítico escrito por Oscar Salamanca

La actual exposición del Muro líquido titulada “el lado b de una utopila” del artista pereirano Diego Alejandro Garzón revisa algunos conceptos implícitos en la naturaleza actual de la obra de arte, miremos:


La exposición se refiere a un momento específico de la niñez del artista cuando esté a escasos 9 años comprendió el concepto de muerte . Se trató del desceso de su mascota, una tortuga la cual representó un lugar de protección y refugio temprano. El suceso quedó grabado como una especie de tatuaje anímico que el arte se ha encargado de extraer lentamente. En la exposición se entrecruzan constantemente imágenes cargadas de simbología privada. Es el caso de fotografías tomadas del viaducto “Cesar  Gaviría” de la ciudad de Pereira, donde vemos una flecha dibujada sobre el puente, la cual señala el lugar desde donde usualmente se lanzan los suicidas. Lo paradójico de la referencia es que precisamente la flecha coincide con la casa materna, observatorio casual del macabro espectáculo de muerte. De alguna forma la muerte fue fundiéndose en amalgamas de calle, paisaje familiar, salto y pérdida de lugares de seguridad. Por este hecho , aunque la exposición manifieste un hálito de vida dado en la energía artificial que pronto se agota, en realidad nos presenta un fin de las cosas, una terminación latente y agónica. Por ello no causa reserva el hecho de evidenciar diariamente el desprendimiento de tortugas y canicas de su lugar de anclaje en el Muro Líquido.


El uso de la imagen del animal parte de la fascinación del artista por un recuerdo trágico, como ya lo hemos mencionado, pero llevado a un estado catarquico, donde la experiencia del atascamiento sale como solución a problemas de orden síquico o sentimental, de todas maneras, vinculados a la infancia. La imagen del animal entonces pertenece a cierta ironía cibernética de pantalla, movimiento reglado y repetición en función a patrones de construcción reticulares . Entonces lo abyecto abandona el campo de lo íntimo y violenta sobre contemporaneidades donde identidad, custodia y seducción por el movimiento, inscriben lo robótico como escenario siniestro de traducción estético artístico. Aunque el título de la exposición da cuenta sobre una fuente de energía con la cual producir vida artificial , no existe elemento mecánico que durante la exposición consuma dicha energía como parte de la configuración de obra de inicio y final. Solamente vemos que el lado b del disco en acetato con sus hilos de grabación, colocan en línea de movimiento una obra , más bien detenida, siempre sugerente de alejamientos y perdida de sentido. Sería excelente que para incrementar la ironía se ofreciera un lector de surcos de acetato a fin de conocer el sonido con solo pasar una aguja de tocadiscos.

Otra manera de hablar de la muerte, pero esta vez bajo la pregunta de cuando una obra de arte muere,  surge en el momento en que las piezas colgadas de una exposición empiezan a desprenderse de la superficie y caen al suelo. Al parecer este acontecimiento podría interpretarse como un error de montaje producido por la baja calidad de los procesos de enganche. Las tortugas comenzaron a “desaplegarse” del muro casi de inmediato, luego al otro día se produjo más y más desprendimientos de obra y así el resto de días hasta hoy: fin de la exposición porque las piezas caídas no fueron inmediatamente colocadas en su sitio. Fin de la obra como acontecimiento cultural definido e inamovible dentro del espacio y recurso expositivo.
En los espacios ahora vacíos donde fueron colocadas las piezas de la exposición ahora ha sido colocado un circulo que responde a una convención que da cuenta de la fecha del lanzamiento al vacío. De esta manera nos enfrentamos , no a una obra terminada, muerta , sino a una obra de arte viva y en constante proceso de construcción a partir del gesto diarista de transformación.


En conclusión, el Muro Líquido se ha convertido con la presente propuesta más que un espacio de exhibición en términos formales herederos del cubo blanco impoluto, en un laboratorio de creación que implica un trabajo de sitio específico, invasión, violencia, relación y arte procesual.

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